En América Latina, la globalización empeora la desigualdad de los ingresos

Por Bob Davis y John Lyons, en Puebla, México, y Andrew Batson en Dalian, China
The Wall Street Journal

Como millones de trabajadores mexicanos de bajos ingresos, Hermenegildo Flores supuestamente se iba a beneficiar de la decisión de México de abrir su economía al comercio y la inversión extranjera en los años 90. Durante un tiempo fue así. El salario de Flores casi se duplicó a US$68 la semana en 2001, a medida que las empresas estadounidenses compraban cada vez más componentes de las fábricas mexicanas.

Después, se intensificó la competencia de otros países, como India, Pakistán y El Salvador. Flores, que cosía bolsillos a blue jeans, dice que su supervisor “solía hacer la ronda y gritar: ‘Si no trabajan más duro, vamos a cerrar esta planta y trasladarla a Centroamérica’”. En abril, después de que la empresa introdujera máquinas nuevas, le ofreció a Flores US$900 para renunciar a su empleo. Hoy, Flores está sin trabajo.

Hace una década, la globalización del comercio prometía ser una bendición para los trabajadores de bajos ingresos en los países en desarrollo. A medida que los países ricos se deshacían de millones de empleos en el sector textil, la industria de electrónicos y otros bienes, muchos economistas predecían que estos trabajadores en América Latina y Asia se beneficiarían de ello, ya que habría una mayor demanda por su trabajo y también mejores salarios.

Pero los resultados no encajan con la teoría. El comercio, las inversiones extranjeras y la tecnología se han esparcido, pero la brecha entre ricos y pobres ha tendido a ampliarse; y no sólo en países ricos como Estados Unidos, sino también en países emergentes como México. Ahora, muchos economistas dicen que los grandes ganadores de la globalización son, de lejos, las personas con la educación y habilidades necesarias para aprovechar las nuevas oportunidades. Los ingresos de los trabajadores poco calificados tal vez hayan subido, pero los salarios de los trabajadores calificados han subido mucho más rápido.

“Se suponía que la globalización iba a ayudar a la gente con menos habilidades (pero) en los países en desarrollo existen pruebas contundentes que no están mejor, al menos no en relación a trabajadores con habilidades o niveles de educación superiores”, afirmaron Pinelopi Koujianou Goldberg, de la Universidad de Yale, y Nina Pavcnik, de la Universidad de Dartmouth, en la última edición del Journal of Economic Literature.

El lado oculto

La globalización merece reconocimiento por ayudar a millones de personas a salir de la pobreza. Esto es especialmente cierto en China, donde los salarios de los trabajadores poco calificados han aumentado de manera constante. Y si bien los ingresos de estas personas en México han sido fluctuantes, la competencia extranjera ha reducido los precios de muchos bienes, contribuyendo a aliviar la pobreza.

Pero algunos países en desarrollo parecen seguir la senda de EE.UU., país en el que la brecha de ingresos ha subido drásticamente desde principios de los años 70. En América Latina la desigualdad en la distribución de los ingresos se ha acentuado después de la liberalización económica en nueve de los 12 países que examinaron los economistas Guillermo Perry y Marcelo Olarreaga en un estudio del Banco Mundial publicado el año pasado.

Aunque esto se podría explicar en parte por el lento crecimiento económico de la región, la desigualdad de los ingresos también está creciendo en varios países asiáticos que han experimentado altas tasas de expansión, como Tailandia e India. Esto incluso ha sido el caso de Corea del Sur, un país conocido por su compromiso con la educación igualitaria.

Y, claro, también está China. Si bien su impresionante expansión ha logrado generar importantes aumentos salariales para las clases bajas, la brecha de los ingresos también ha crecido debido a las enormes ganancias de su clase alta. Entre 1984 y 2004, la desigualdad de los ingresos en China —medida según el índice Gini, donde 0 es una igualdad perfecta y 100 es una desigualdad perfecta— pasó de 29 a 47, de acuerdo con los investigadores del Banco Mundial Martin Ravallion y Shaohua Chen.

Las estadísticas de México son más complejas, ya que se ven distorsionadas por la enorme economía informal y la emigración. Entre 1986 y 2000, período en el que el país comenzó a liberalizar su economía, los salarios del décimo percentil más pobre cayeron, mientras que los del 10% más afluente de la población crecieron casi 25% ajustados a la inflación. En los últimos años, la tendencia se ha revertido. Los economistas lo atribuyen a mejores oportunidades educacionales y a la emigración de muchos trabajadores de bajos ingresos hacia EE.UU., lo que ha aliviado la competencia local por empleos de bajas calificaciones.

Las consecuencias de la creciente desigualdad en la distribución de los ingresos son profundas. Aquellos sin mayores habilidades o educación muchas veces se encuentran atrapados en la economía informal que no entrega beneficios de salud o jubilación. Eso ha impulsado la emigración hacia EE.UU. o regiones más prósperas en México. Además, la creciente desigualdad también alimenta el argumento que la globalización sólo beneficia a las elites.

En América Latina ese sentimiento de alienación ha impulsado a candidatos presidenciales populistas que conquistaron los gobiernos de Ecuador, Bolivia, Nicaragua y Venezuela, y que estuvieron cerca de quedarse con el poder en México. En China el Partido Comunista está preocupado de que el apoyo popular a la liberalización se desplome. En marzo, el premier chino Wen Jiabao dijo que el gobierno debe “salvaguardar la equidad y justicia social para asegurarse que todos compartan los frutos de la reforma y el desarrollo”.

El caso de Puebla

Los efectos de la globalización se exhiben nítidamente en Puebla, una urbe de 1,5 millones de habitantes a 125 kilómetros de Ciudad de México. Durante mucho tiempo, Puebla ha sido un centro para el comercio y la industria textil. Después de la Segunda Guerra Mundial, sus industrias estuvieron protegidas por aranceles altos y restricciones a las inversiones extranjeras.

En los años 70, estas barreras ayudaron a impulsar el crecimiento económico, pero el sistema colapsó con la crisis de la deuda y las fuertes recesiones que sacudieron a gran parte de América Latina en los años 80. Para revivir a su economía, México comenzó a mediados de los 80 a reducir sus barreras de importación y empezó a incorporarse a la economía mundial mediante el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (Nafta) en 1994. En esa época, muchos políticos y economistas mexicanos predecían que la globalización generaría muchos empleos nuevos en el país, en especial para los más pobres. “Los salarios mexicanos no van a permanecer bajos si somos capaces de crecer”, dijo en 1991 el entonces presidente Carlos Salinas.

Durante un tiempo esto fue cierto. El fabricante de toallas Industrias Cobitel SA obtuvo dos grandes clientes de EE.UU. después del Nafta y dobló el número de trabajadores a 250 hacia 2000. Las exportaciones representaban 40% de las ventas de la empresa en 2000. El negocio iba tan bien en Puebla, que a muchos empleadores no les preocupaba qué tanta educación tenían sus nuevos trabajadores.

Pero la inversión extranjera y la creciente competencia llevaron a un auge de la demanda por mano de obra calificada. Las compañías locales que antes operaban con maquinaria anticuada ahora se veían forzadas a modernizarse o cerrar.

Por ejemplo, Volkswagen AG, el mayor empleador en Puebla, fabricó durante años los “escarabajos” o “vochos”. Pero con la apertura de la economía mexicana, la compañía comenzó a exigir más de su fuerza laboral en su intento por producir vehículos para los consumidores estadounidenses. En los últimos 10 años, la automotriz alemana dobló el número de ingenieros en sus plantas en Puebla a 700 y planea agregar otros 100 este año. Ellos ganan entre US$400 y US$600 a la semana y son todos egresados de la universidad.

Al mismo tiempo, desde 2000 la empresa ha reducido su fuerza laboral en 15%, a 14.000 empleados, al eliminar trabajos de ensamblaje y tercerizar la producción de varios componentes.

Flores, el sastre desempleado, dice que tiene dos hermanos que se fueron a EE.UU., pero él no quiere hacer lo mismo. Ahora está en busca de un empleo como obrero. La buena noticia para él: Puebla vive un verdadero auge inmobiliario para satisfacer a la nueva clase media, como los ingenieros de Volkswagen.